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Mensaje Cuaresma

Tiempo de santidad, tiempo de conversión. La Cuaresma es un tiempo de renovación al que nos invita la Iglesia, un tiempo de vuelta al principio y fin de nuestra vida, de re-dirigirla hacia el Absoluto. Conversión es volver la mirada a Dios y remitir todo bien a su fuente. Frente a lo efímero, caduco, pasajero de este mundo, el creyente se dirige en este tiempo de gracia a lo eterno, consciente de la meta a la que tiende. En estas semanas antes de la Pascua, nuestra Congregación mariana, de la mano de la Virgen, se adentra en el misterio de la salvación para creer, esperar y amar. La Congregación ejercita así las virtudes sólidas del cristiano en la fe (oración), esperanza (ayuno) y caridad (limosna), obediencia-pobreza-virginidad.


Creer. “Mi justo vive de fe”, nos enseñan el profeta Habacuc primero y san Pablo después. La conversión exige siempre una respuesta de fe, una respuesta personal al Dios que se nos revela en la persona de Jesucristo. La virtud de la fe exige dependencia y sólo crece en la relación constante del hombre con Dios. Es Dios Padre quien a través de Jesucristo por medio del Espíritu Santo sale al encuentro del hombre para entrar en una comunión de vida y amor con él. La fe necesita así del encuentro y avanza en el diálogo con Dios uno y trino. Esto es orar. Para ello, una vez más, es necesario que el creyente, a través de la gracia acogida por su voluntad, sea consciente de la fugacidad de todo cuanto no es Dios, recuerda que eres polvo…, y vuelva su mente y corazón a lo eterno. De Dios hemos salido y a Dios estamos llamados a regresar. Por ello el creyente, peregrino en este mundo, hace un alto en el camino durante este tiempo de gracia que el buen Dios le concede para examinar su corazón a fin de descubrir si alguna cosa o criatura lo han ido apartando de su fin, si en alguna realidad se ha ido enredando y, al esclavizarlo, le está impidiendo alzar el vuelo, dar a la caza alcance. La Cuaresma se convierte así en un tiempo privilegiado para, siguiendo la invitación de nuestro padre san Ignacio, ordenar el corazón y detectar en él los afectos que lo han ido atrapando en el camino y no lo han dejado seguir de cerca al Maestro. Memoria del Creador, olvido de la criatura, atención a lo interior, estarse en todo amando al Amado, esto es vivir de fe y esto es ejercicio de oración. La primera de las armas con las que contamos en este tiempo de renovación interior. El creyente-orante ejercita la obediencia y, a ejemplo de su Señor, aprende sufriendo a obedecer. En un congregante la oración sólo puede ser con y desde el Corazón inmaculado de María que nos adentra adverbialmente en los misterios que contemplamos. La oración cuaresmal nos abre las puertas al misterio de la salvación para esperar y amar.


Esperar. El creyente espera una tierra nueva y unos cielos nuevos. En esperanza hemos sido salvados y la espera cuaresmal también es una espera apasionada que no defrauda. Si en el Adviento la esperanza de la Iglesia se dirige a su Cabeza implorando su retorno, Ven Señor Jesús, ahora en Cuaresma la Iglesia vive de las ansias redentoras del Corazón de Cristo. Es su fuego ardiente el que nos contagia, es su pasión y celo por las almas y su salvación lo que nos mantiene despiertos y en vigilia. En el buen combate de Cristo, el congregante se ejercita con la penitencia como el soldado se entrena para la batalla. Estas semanas de Cuaresma son semanas de lucha, de combate y de tentaciones, antes de la victoria. Quien quisiera venir conmigo, luchará conmigo, padecerá conmigo a fin de reinar conmigo. El ayuno cuaresmal despierta al alma de su letargo (…avive el seso y despierte contemplando como se pasa la vida, como se viene la muerte tan callando…) y la coloca ante Cristo crucificado, ¿qué he hecho por Cristo?, ¿qué hago por Cristo?, ¿qué haré por Cristo? Como el alma ya no encuentra satisfacción en los bienes de este mundo que pueda compararse con la dicha de su vida con Cristo, todo lo estima pérdida y basura en comparación con el conocimiento interno de Cristo que me amó y se entregó a la muerte por mí. El ayuno purifica el alma. Ayuno de alimento, ayuno de distracciones, somnolencias y ataduras, ayuno de la lengua y del pensamiento. Evitemos toda idea vana y no permitamos maledicencia alguna. Desterremos de nosotros en estas semanas toda envidia, juicio y condena, toda soberbia y amor propio.El penitente se ejercita en la humildad porque bien sabe que sin la ayuda de lo Alto no puede mantenerse en pie. Es el corazón pobre que todo lo espera de Dios, que nada se apropia detrayéndolo de su fuente, que todo lo remite al que nos enriqueció con su pobreza. Esta es la penitencia que Dios espera de nosotros en este tiempo para que el corazón pueda ejercitarse en el amor, al ser éste ya su único oficio (… mi alma se ha empleado, y todo mi caudal, en su servicio; ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio…).


Amar. La presencia del Amado en el alma por medio de la gracia y el cuidado de la oración, así como las privaciones voluntarias que mantienen despiertos mente y corazón para el combate, hacen posible el ejercicio de la caridad. Sin la fuente del amor que es Dios mismo presente, verdadera, real y sustancialmente, entre nosotros es imposible la caridad. Habrá filantropía pero no caridad. El filántropo acalla su conciencia dando de lo que le sobra. El cristiano se da así mismo porque en la donación de sí encuentra el sentido de su vocación. En el altar y en el sagrario encuentra el congregante la fuerza, y del Cuerpo de Cristo se alimenta diariamente para descubrir la presencia de su Dios y Señor en todo. En todo amar y servir. Y es que quien así vive percibe a Dios en todo cuanto existe y acude a socorrer las necesidades, las materiales y las espirituales, de sus hermanos los hombres. La limosna cuaresmal es misericordia. Y como no todas las necesidades son iguales porque no todos los bienes lo son, los más altos urgen más. Caritas Christi urget nos! No hay mayor pobreza en las almas que la ausencia de Dios por el pecado. Querer bien a los hermanos es quererlos santos, quererlos para el cielo. ¿Cómo negar que corregir al que yerra y rezar por su conversión es tan obra de misericordia, tan limosna, como dar de comer al hambriento? Cuando además el pan que se le ofrece con la verdad y la gracia es el pan del cielo que contiene en sí todo deleite, no alimento perecedero de esta tierra caduca y pasajera. Así que queridos hijos, sin olvidarnos de las necesidades materiales o corporales de nuestros hermanos los hombres, empezando por los más próximos, cercanos, no olvidemos sus necesidades espirituales, porque ello es ejercicio sublime de caridad y limosna.

P. José Ignacio Rubio

Visto 6993 veces Modificado por última vez en Lunes, 05 Marzo 2018 21:54