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Martes, 26 Enero 2016 23:39

Evangelio diario

Lecturas de la Misa

20. octubre 2018 : Sábado de la vigésima octava semana del tiempo ordinario
Beato Jacobo Strepa
Carta de San Pablo a los Efesios 1,15-23.

Por eso, habiéndome enterado de la fe que ustedes tienen en el Señor Jesús y del amor que demuestran por todos los hermanos,
doy gracias sin cesar por ustedes recordándolos siempre en mis oraciones
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente.
Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos,
y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza. Este es el mismo poder
que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo,
elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro.
El puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia,
que es su Cuerpo y la Plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas.

Salmo 8,2-3a.4-5.6-7.

¡Señor, nuestro Dios,
qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!
Tú, que afirmaste tu majestad sobre el cielo,
con la alabanza de los niños
y de los más pequeños,
erigiste una fortaleza contra tus adversarios
para reprimir al enemigo y al rebelde.
Al ver el cielo, obra de tus manos,
la luna y la estrellas que has creado:
¿Qué es el hombre para que pienses en él,
el ser humano para que lo cuides?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y esplendor;
le diste dominio sobre la obra de tus manos.
Todo lo pusiste bajo sus pies.

Evangelio según San Lucas 12,8-12.

Les aseguro que aquel que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios.
Pero el que no me reconozca delante de los hombres, no será reconocido ante los ángeles de Dios.
Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.
Cuando los lleven ante las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir,
porque el Espíritu Santo les enseñará en ese momento lo que deban decir".

«El Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir»
Carta de la Iglesia de Esmirna sobre el martirio de San Policarpo (69-155), obispo

En el momento en que Policarpo penetró en el estadio, una voz resonó desde el cielo: «Ánimo, Policarpo, y sé fuerte». Nadie vio quien era el que hablaba, pero algunos de los nuestros que estaban presentes oyeron la voz... Cuando la multitud supo quien era ese prisionero, se redoblaron los gritos. El procónsul le preguntó si él era Policarpo. Sí, respondió él. Éste intentaba disuadirlo para que renegara: « Respeta tu edad avanzada... Jura por la suerte del César, retráctate... Maldice a Cristo». A lo que Policarpo respondió: « Hace cuarenta y seis años que le sirvo, y no me ha hecho ningún mal. ¿Cómo podría ultrajar a mi rey y mi salvador?» Y como el otro volvía a lo mismo..., Policarpo prosiguió: «Puesto que se te ha metido en la cabeza hacerme jurar por la suerte del César, como me dices, y finges ignorar quien soy yo, escúchalo claramente de mí mismo: soy cristiano. Y si quieres aprender la sabiduría de mi religión, concédeme un día y escúchame». «Persuade al pueblo», replicó el procónsul. «Contigo, creo que puedo hablar. Porque nosotros hemos aprendido a respetar a las autoridades y a los magistrados que Dios ha puesto y guardarles el debido respeto, con la condición de que ese respeto no se vuelva en contra nuestra. Pero toda esa gente está faltada de la mínima dignidad para que yo me explique delante de ellos». «Tengo fieras, replicó el procónsul, y te echaré bajo sus dientes si no reniegas. – Llámalas, respondió Policarpo. – ¿Menosprecias a las bestias? ¿Te obstinas? Te entregaré a las llamas». Policarpo le dijo: « Me amenazas con un fuego que después de una hora se apaga porque no conoces el fuego del juicio futuro y del castigo eterno que aguarda a los impíos. Pero ¿por qué tardas? Haz según crees». Se precipitaron los acontecimientos; en menos tiempo del que se necesita para decirlo, todos se precipitaron hacia los talleres y los baños donde la gente recogió manojos de leña... Cuando la hoguera estuvo a punto, Policarpo se quitó él mismo sus vestidos, desató si cinturón y quiso también desligar sus sandalias, lo cual no acostumbraba, puesto que los fieles corrían a ayudarle... Este gran santo, ya antes de su martirio, había suscitado una inmensa veneración.

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