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En la proximidad de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, quiero deciros con toda verdad que este se estremece de compasión y de misericordia. La Iglesia nos presenta el misterio del Corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso que nos muestra la pasión inmensa de Dios por el hombre, que no se rinde ante la ingratitud, ni siquiera ante el rechazo; su único deseo es restituir la dignidad del hombre. Un Corazón que abraza, que acoge, que se presta a perdonar y a curar. Él mismo nos lo dice: «No he venido para los sanos que no necesitan médico, sino para los enfermos». Todos los hombres necesitamos no solamente sentir el latido de nuestro corazón, sino también hacer un trasplante y acoger el latido del Corazón de Jesús.

Nunca sabremos de verdad cómo es el Corazón de Cristo y nunca entenderemos la alegría de vivir su misericordia, si no lo hacemos. Es el mensaje más contundente, el más verdadero, el que más necesita el ser humano, el que puede cambiar la dirección de esta humanidad. Os habéis dado cuenta de algo fundamental: ¡Cómo nos gusta condenar! ¿Por qué nos costará tanto salvar? El Señor nos lo ha dicho: «No he venido a condenar a los hombres, he venido a salvarlos». Basta que recordemos por un instante el encuentro del Señor con la mujer pecadora. El Evangelio de San Juan habla de la adúltera, aquella mujer que los escribas y fariseos estaban a punto de lapidar. ¿Cómo salva su vida el Señor? Haciendo tomar conciencia a quienes la habían encontrado en adulterio que ellos no eran menos pecadores que aquella mujer: «El que esté libre de pecado que tire la primera piedra». Ante esta afirmación, todos se marcharon. También nosotros nos marchamos. Y también nosotros necesitamos escuchar del Señor lo que aquella mujer escuchó: «Ni siquiera yo te condeno; vete y, de ahora en adelante, no peques más». ¡Qué importante es sentirse necesitado de misericordia, es el primer paso que tenemos que dar para hacer trasplante de corazón! Todos podemos ayudar, especialmente entregando y regalando la misericordia del Señor, siendo para quien me encuentro en el camino rostro de misericordia, terapeuta de la misericordia.

Lecturas de la Misa

23. mayo 2019 : Jueves de la quinta semana de Pascua
Juan 15,9-11.

Jesús dijo a sus discípulos:
«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor.
Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.»

Lecturas de la Misa

23. mayo 2019 : Jueves de la quinta semana de Pascua
San Crispin de Viterbo
Libro de los Hechos de los Apóstoles 15,7-21.

Al cabo de una prolongada discusión, Pedro se levantó y dijo: "Hermanos, ustedes saben que Dios, desde los primeros días, me eligió entre todos ustedes para anunciar a los paganos la Palabra del Evangelio, a fin de que ellos abracen la fe.
Y Dios, que conoce los corazones, dio testimonio en favor de ellos, enviándoles el Espíritu Santo, lo mismo que a nosotros.
El no hizo ninguna distinción entre ellos y nosotros, y los purificó por medio de la fe.
¿Por qué ahora ustedes tientan a Dios, pretendiendo imponer a los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos soportar?
Por el contrario, creemos que tanto ellos como nosotros somos salvados por la gracia del Señor Jesús".
Después, toda la asamblea hizo silencio para oír a Bernabé y a Pablo, que comenzaron a relatar los signos y prodigios que Dios había realizado entre los paganos por intermedio de ellos.
Cuando dejaron de hablar, Santiago tomó la palabra, diciendo: "Hermanos, les ruego que me escuchen:
Simón les ha expuesto cómo Dios dispuso desde el principio elegir entre las naciones paganas, un Pueblo consagrado a su Nombre.
Con esto concuerdan las palabras de los profetas que dicen:
Después de esto, yo volveré y levantaré la choza derruida de David; restauraré sus ruinas y la reconstruiré,
para que el resto de los hombres busque al Señor, lo mismo que todas las naciones que llevan mi Nombre. Así dice el Señor, que da
a conocer estas cosas desde la eternidad.
Por eso considero que no se debe inquietar a los paganos que se convierten a Dios,
sino que solamente se les debe escribir, pidiéndoles que se abstengan de lo que está contaminado por los ídolos, de las uniones ilegales, de la carne de animales muertos sin desangrar y de la sangre.
Desde hace muchísimo tiempo, en efecto, Moisés tiene en cada ciudad sus predicadores que leen la Ley en la sinagoga todos los sábados".

Salmo 96(95),1-2a.2b-3.10.

Canten al Señor un canto nuevo,
cante al Señor toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su Nombre.

Día tras día, proclamen su victoria.
Anuncien su gloria entre las naciones,
y sus maravillas entre los pueblos.

Digan entre las naciones: “¡El Señor reina!
el mundo está firme y no vacilará.
El Señor juzgará a los pueblos con rectitud”.



Evangelio según San Juan 15,9-11.

Jesús dijo a sus discípulos:
«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor.
Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.»

“Os he dicho todo esto para que participéis en mi gozo y vuestro gozo sea completo.”
Tomás de Celano (c. 1190-c. 1260), biógrafo de San Francisco y de Santa Clara

Vita Secunda

    San Francisco afirmaba: “Mi mejor defensa contra los ataques y las maquinaciones del enemigo sigue siendo el espíritu de alegría. El diablo nunca está más contento que cuando ha logrado quitar la alegría del alma de un servidor de Dios. El enemigo siempre tiene una reserva de polvo para insuflar en la conciencia por algún resquicio, para convertir lo puro en opaco. En cambio, intenta en vano introducir su veneno mortal en un corazón rebosando de gozo. Los demonios no pueden nada con el servidor de Cristo rebosando de santa alegría, mientras que una alma pesarosa y deprimida se deja fácilmente inundar por la tristeza y acaparar por falsos placeres.    Por esto, San Francisco se esforzaba por mantener siempre un corazón alegre, conservar el óleo de la alegría con el que su alma había sido ungida. (Sal 44,8) Tenía sumo cuidado en desechar la tristeza, la peor de las enfermedades, y cuando se daba cuenta que empezaba a infiltrarse en su alma, recorría de inmediato a la oración. “En la primera turbación,” decía él, “el servidor de Dios se levante, se ponga en oración y permanezca ante el Padre hasta que éste le haya devuelto la alegría de saberse salvado.” (Sal 50,14)...    He visto con mis propios ojos como a veces recogía algún trozo de leña del suelo, ponerlo sobre su brazo izquierdo y rasgarlo con una varilla como si tuviera entre manos el arco de una viola. Imitaba así el acompañamiento de las alabanzas que cantaba al Señor en francés.

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