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Miércoles, 16 Marzo 2016 09:22

Carta de san Ignacio sobre la perfección

 Carta de san Ignacio sobre la perfección

A LOS HERMANOS ESTUDIANTES DEL COLEGIO DE COIMBRA

La gracia y amor eterno de Cristo nuestro Señor sea siem­pre en favor y ayuda nuestra. Amén.

Por cartas de maestro Simón y también de Santa Cruz tengo a la continua nuevas de todos, y sabe Dios, de quien todo lo bueno desciende, cuánto consuelo y alegría yo reciba con saber, lo que él os ayuda así en el estudio de las letras como en el de las virtudes, cuyo buen olor aun en otras partes muy lejos de esa tierra anima y edifica a muchos. Y si de esto todo cristiano debría gozarse por la común obligación que tenemos todos a amar la honra de Dios y el bien de la imagen suya, redimida con la sangre y vida de Jesucristo, mucha razón es que yo en especial de ello me goce en el Señor nuestro, siendo tan obliga­do a teneros con especial afición dentro de mi ánima. De todo sea siempre bendito y alabado el Criador y Redentor nuestro, de cuya liberalidad infinita mana todo bien y gracia; y a él plega cada día abrir más la fuente de sus misericordias en este efecto de aumentar y llevar adelante lo que en vuestras ánimas ha comenzado. Y no dudo de aquella suma Bondad suya, suma­mente comunicativa de sus bienes y de aquel eterno amor con que quiere darnos nuestra perfección, mucho más que nosotros recibirla, que lo hará; que si así no fuese no nos animaría Jesucristo a lo que de sola su [mano podemos haber, diciendo:] Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto1. Así que de su parte cierto es que él está presto, con que de la nuestra haya vaso de humildad y deseo para recibir sus gracias, y con que él nos vea bien usar de los dones recibidos y rogar industriosa y diligentemente a su gracia.

PARTE PRIMERA

 Estímulos para avanzar

 [1. Excelencia de la vocación. ]

 1. Y en esta parte no dejaré de dar espuelas aun a los que corren de vosotros: porque cierto os puedo decir que mucho habéis de extremaros en letras y virtudes, si habéis de responder a la expectación en que tenéis puestas tantas personas, no sólo en este reino, pero aun en otros muchos lugares; que, visto los socorros y aparejos interiores y exteriores de todas suertes que Dios os da, con razón esperan un muy extraordinario fruto. Y es así que a tan grande obligación de bien hacer como tenéis, no satisfaría cosa ordinaria. Mirad vuestra vocación cuál sea, y veréis que lo que en otros no sería poco, lo será en vosotros. Porque no solamente os llamó Dios de las tinieblas a su admirable luz2 y os pasó al reino del Hijo de su amor3, como a todos los otros fieles; pero, porque mejor conservásedes la puridad y tuviésedes el amor más unido en las cosas espirituales del servicio suyo, tuvo por bien sacaros del golfo peligroso de este mundo, porque no peligrase vuestra conciencia entre las tempestades, que en él suele mover el viento del deseo, ahora de haciendas, ahora de honras, ahora de deleites; o el contrario, del temor de perder todo esto.

 Y además de esto dicho, porque no tuviesen estas cosas bajas ocupado vuestro entendimiento y amor, ni lo esparciesen en varias partes, para que pudiésedes todos unidos convertiros y emplearos en aquello para que Dios os crió, [que] es la honra y gloria suya y la salvación vuestra y ayuda de vuestros prójimos.

Y aunque a estos fines vayan enderezados todos los institu­tos de la vida cristiana, Dios os ha llamado a éste, donde, no con una general dirección, pero poniendo en ello toda la vida y ejercicios de ella, habéis de hacer vosotros un continuo sacrifi­cio a la gloria de Dios y salud del prójimo, cooperando a ella, no sólo con ejemplo y deseosas oraciones, pero con los otros medios exteriores que su divina providencia ordenó para que unos ayudásemos a otros. Donde podréis entender cuánto sea noble y real el modo de vivir que habéis tomado; que no solamente entre hombres, pero entre ángeles no se hallan más nobles ejercicios que el glorificar al Criador suyo y el reducir las criaturas suyas a él, cuanto son capaces.

[2. Ventajas del fervor.]

 2. Así que mirad vuestra vocación para de una parte dar a Dios muchas gracias de tanto beneficio, y de otra pedirle espe­cial favor para poder responder a ella, y ayudaros con mucho ánimo y diligencia, que nos es harto necesaria para salir con tales fines; y la flojedad y tibieza y fastidio del estudio y los otros buenos ejercicios por amor de nuestro Señor Jesucristo, reconocedlos por enemigos formados de vuestro fin.

Cada uno se ponga delante para animarse, no los que son a su parecer para menos, sino los más vehementes y estrenuos. No consintáis que os hagan ventaja los hijos de este mundo en buscar con más solicitud y diligencia las cosas temporales que vosotros las eternas. Avergonzaos que ellos corran con más prontitud a la muerte que vosotros a la vida. Teneos para poco, si un cortesano sirve con más vigilancia por haber la gracia de un terreno príncipe que vosotros por la del celeste; y si un soldado por honra del vencimiento y algún despojo se apercibe y pelea más animosamente que vosotros por la victoria y triun­fo del mundo, demonio y de vosotros mismos, junto con el reino y gloria eterna.

Así que no seáis, por amor de Dios, remisos ni tibios; que, como dice, el aflojamiento quiebra el ánimo, como la tirantez el arco; y al contrario, el alma de los que trabajan se llenará de vigor y lozanía, según Salomón4. Procurad entretener el fervor santo y discreto para trabajar en el estudio así de letras como de virtudes: que con el uno y con el otro vale más un acto intenso que mil remisos; y lo que no alcanza un flojo en muchos años, un diligente suele alcanzar en breve tiempo.

En las letras, clara se ve la diferencia del diligente y negli­gente; pero hay la misma en el vencer de las pasiones y flaque­zas, a que nuestra natura es sujeta y en el adquirir las virtudes. Porque es cierto que los remisos, por no pelear contra sí, tarde o nunca llegan a la paz del ánima, ni a poseer virtud alguna enteramente; donde los estrenuos y diligentes en breve tiempo pasan muy adelante en lo uno y lo otro.

Pues el contentamiento que en esta vida puede haberse, la experiencia muestra que se halla, no en los flojos, sino en los que son fervientes en el servicio de Dios. Y con razón; porque esforzándose de su parte [a] vencer a sí mismos y deshacer el amor propio, [quiten] con él las raíces de las pasiones y moles­tias todas, y también, con alcanzar los hábitos virtuosos, vienen naturalmente a obrar conforme a ellos fácil y alegremente.

Pues de la parte de Dios, consolador piadosísimo, dispónen- se con lo mismo a recibir sus santas consolaciones, porque al que venciere le daré del maná escondido5. Por el contrario, la tibieza es causa de siempre vivir con molestias, no dejando quitar la causa della, que es [el] amor propio, ni mereciendo el favor divino. Así que debríades animaros mucho a trabajar en vuestros loa­bles ejercicios, pues aun en esta vida sentiréis el provecho del fervor santo, no sólo en la perfección de vuestras ánimas, pero aun [en] el contentamiento de la presente vida.

Pues si miráis al premio de la eterna, como debríades mirar muchas veces, fácilmente os persuadirá san Pablo, que no son de comparar los trabajos de esta vida temporal con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros6; porque la tribulación nuestra de ahora, momentánea y ligera, nos acarrea sobre todo exceso para las alturas de los cielos un peso eterno de gloria7.

Y si esto es en todo cristiano que a Dios honra y sirve, podéis entender cuánta será vuestra corona, si responderéis a nuestro instituto, que es, no solamente servir a Dios para vosotros mismos, pero atrayendo otros muchos al servicio suyo y honra; porque de los tales dice la Escritura: Quienes enseñaron a muchos la justicia brillarán como las estrellas por siempre eternamente8. Lo cual entiendan por sí los que procuraren diligentemente hacer su oficio, así después en el ejercitar las armas como antes en aparejarlas; porque otramente es cierto que no basta enten­der en obras de suyo buenas, que nos dirá Jeremías, maldito quien hace la obra de Dios con incuria99; y san Pablo: que en el estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio10; y que no será coronado sino quien lucha conforme a la ley11, y éste es quienquiera que bien trabajare.

[3. Múltiples beneficios recibidos de Dios.]

3. Pero sobre todo querría os excitase el amor puro de Jesucristo, y deseo de su honra y de la salud de las ánimas, que redimió, pues sois soldados suyos con especial título y sueldo en esta Compañía: digo especial, porque hay otros muchos generales, que cierto mucho os obligan a procurar su honra y servicio. Sueldo suyo es todo lo natural que sois y tenéis, pues os dio y conserva el ser y vida, y todas las partes y perfecciones de ánima y cuerpo y bienes externos; sueldo son los dones espirituales de su gracia, con que tan liberal y benignamente os ha prevenido y os los continúa, siéndole contrarios y rebeldes; sueldos son los inestimables bienes de su gloria, la cual, sin poder él aprovecharse de nada, os tiene aparejada y prometida, comunicándoos todos los tesoros de su felicidad para que seáis por participación eminente de su divina perfección lo que él es por su esencia y natura; sueldo es, finalmente, todo el universo y lo que en él es contenido corporal y espiritual, pues no solamente ha puesto en nuestro ministerio cuanto debajo el cielo se contiene, pero toda aquella sublimísima corte suya, sin perdonar a ninguna de las celestes jerarquías, que todos son espíritus servidores, destinados a servir en bien de aquellos que han de recibir la herencia de la salvación12. Y si por sí todos estos sueldos no bastasen, sueldo se hizo a sí mismo, dándosenos por herma­no en nuestra carne, por precio de nuestra salud en la cruz, por mantenimiento y compañía de nuestra peregrinación en la euca­ristía13. ¡Oh cuánto es mal soldado a quien no bastan tales sueldos para hacerle trabajar por la honra del tal príncipe! Pues cierto es que, por obligarnos a desearla y procurar con más prontitud, quiso su Majestad prevenirnos con estos tan inesti­mables y costosos beneficios, deshaciéndose en un cierto modo su felicidad perfectísima de sus bienes por hacernos partícipes de ellos, y tomando todas nuestras miserias para hacernos esen- tos dellas; queriendo ser vendido por rescatarnos, infamado por glorificarnos, pobre por enriquecernos, tomando muerte de tanta ignominia y tormento por darnos vida inmortal y biena­venturada. ¡Oh cuán demasiadamente es ingrato y duro quien no se reconoce con todo esto muy obligado de servir diligente­mente y procurar la honra de Jesucristo!

 [4. Miserable condición de tantas almas y estado desolador del mundo.]

4. Pues si la obligación conocéis, y deseáis emplearos en adelantar esta su honra, en tiempo sí estáis, que es bien menes­ter mostrar por obras vuestro deseo. Mirad dónde sea hoy honrada la divina Majestad, ni dónde acatada su grandeza in­mensa; dónde conocida la sapiencia, y dónde obedecida su santísima voluntad. Antes ved con mucho dolor cuánto es ignorado, menospreciado, blasfemado su santo nombre en to­dos lugares; la doctrina de Jesucristo es desechada, su ejemplo olvidado, el precio de su sangre en un cierto modo perdido de nuestra parte, por haber tan pocos que de él se aprovechen. Mirad también vuestros prójimos como una imagen de la santí­sima Trinidad y capaz de su gloria, a quien sirve el universo, miembros de Jesucristo, redimidos con tantos dolores, infamias y sangre suya; mirad, digo, en cuánta miseria se halla en tan profundas tinieblas de ignorancia, y tanta tempestad de deseos y timores vanos y otras pasiones, combatidos de tantos enemigos visibles e invisibles, con riesgo de perder, no la hacienda o vida temporal, sino el reino y felicidad eterna y caer en tan intolera­ble miseria del fuego eterno.

Digo que, por resumirme en pocas palabras, que [si] bien mirásedes cuánta sea la obligación de tornar por la honra de Jesucristo y por la salud de los prójimos, veríades cuán debida cosa es que os dispongáis a todo trabajo y diligencia por hace­ros idóneos instrumentos de la divina gracia para tal efecto; especialmente habiendo tan pocos hoy verdaderamente opera­rios, que no busquen su interés, sino el de Jesucristo14; que tanto más debéis esforzaros por suplir lo que otros faltan, pues Dios os hace gracia tan particular en tal vocación y propósitos.

PARTE SEGUNDA

 Necesidad de precaverse del fervor indiscreto

[5. Daños del fervor indiscreto.]

5. Lo que hasta aquí he dicho para despertar a quien dormiese, y correr más a quien se detuviese y parase en la vía, no ha de ser para que se tome ocasión de dar en el extremo contrario del indiscreto fervor: que no solamente vienen las enfermedades espirituales de causas frías, como es la tibieza, pero aun de calientes, como es el demasiado fervor. Sea vuestro culto racional, dice san Pablo15; porque sabía ser verdadero lo que decía el salmista: La majestad del Rey ama el juicio16, esto es, la discreción; y lo que se prefiguraba en el Levítico, diciendo: En todo sacrificio tuyo ofrecerás sal17. Y es así que no tiene máchina ninguna el enemigo, como dice Bernardo, tan eficaz para quitar la verdadera caridad del corazón, cuanto el hacer que incautamente, y no según razón espiritual, en ella se proceda18. El nada en demasía, dicho del filósofo, débese en todo guardar, aun en la justicia misma, como leéis en el Eclesiástico: No seas justo en demasía19. A no tener esta moderación, el bien se con­vierte en mal y la virtud en vicio, y síguense muchos inconve­nientes contrarios a la intención del que así camina.

El primero, que no puede servir a Dios a la larga; como suele no acabar el camino el caballo muy fatigado en las prime­ras jornadas, antes suele ser menester que otros se ocupen en servirle a él.

El 2.°, que no suele conservarse lo que así se gana con demasiado apresuramiento, porque [como dice la Escritura]: Hacienda que muy aprisa se allega, disminuirse ha2Q. Y no sólo se disminuye, pero es causa de caer: Quién el paso acelerado lleva, tropezará20, y si cae, tanto con más peligro, cuanto de más alto, no parando hasta el bajo de la escala.

El 3.°, que no se curan de evitar el peligro de cargar mucho la barca; y es así que, aunque es cosa peligrosa llevarla vacía, porque andará fluctuando con tentaciones, más lo es cargarla tanto, que se hunda.

4.° Acaece que, por crucificar el hombre viejo, se crucifica el nuevo, no pudiendo por la flaqueza ejercitar las virtudes. Y, según dice Bernardo, 4 cosas se quitan con este exceso: Quita al cuerpo el efecto de la buena obra, al alma el afecto, al prójimo el ejemplo, a Dios el honor21. Donde infiere que es sacrilego y culpado en todo lo dicho quien así maltrata el templo vivo de Dios. Dice Bernardo que quitan ejemplo al prójimo, porque la caída de uno, después el escándalo, etc.; dan escándalo a otros, según el mismo Bernardo [y a la causa] los llama divisores de la unidad, enemigos de la paz; y el ejemplo de la caída de uno espanta a muchos y los entibia en el provecho espiritual; y para sí mismos corren peligro de soberbia y vanagloria, prefiriendo su juicio al de los otros todos, o a lo menos usurpando lo que no es suyo, haciéndose jueces de sus cosas, siéndolo por razón el prepósito.

Sin éstos hay aún otros inconvenientes, como es cargarse tanto de armas, que no pueden ayudarse dellas, como David de las de Saúl, y proveer de espuelas y no de freno a caballo de suyo impetuoso: en manera que en esta parte es necesaria dis­creción, que modere los ejercicios virtuosos entre los dos extre­mos. Y como avisa bien Bernardo: No es bien se crea siempre a la buena voluntad, mas base de enfrentar, base de regir, y mayormente en el que comienza75, porque no sea malo para sí quien quiere ser bueno para otros; porque el que para sí es malo, ¿para quién será bueno?22

[6. La obediencia, medio infalible para conseguir la discreción.]

Y si os pareciere rara ave la discreción y difícil de haber, a lo menos suplidla con obediencia, cuyo consejo será cierto. Quien quisiese seguir más su parecer, oiga lo que San Bernardo le dice: Cuanto sin el consentimiento y voluntad del padre espiritual se hace, pondráse a cuenta de la vanagloria, no para recibir galardón75. Y acuérdese que el crimen de la idolatría es no querer sujetársele, y el pecado de magia es desobediencia, según la Escritura23. Así que para tener el medio entre el extremo de la tibieza y del fervor indiscreto, conferid vuestras cosas con el superior, y ateneos a la obediencia. Y si tenéis mucho deseo de mortificación, em­pleadle más en quebrar vuestras voluntades y subyugar vues­tros juicios debajo el yugo de la obediencia, que en debilitar los cuerpos y afligirlos sin moderación debida, especialmente ahora en tiempo de estudio.

 PARTE TERCERA

Modo de ejercitar el celo en tiempo de los estudios

[7. Ofreciendo el mérito del trabajo a Dios.]

No querría que con todo lo que he escrito pensásedes que yo no apruebo lo que me han hecho saber de algunas vuestras mortificaciones; que estas y otras locuras santas sé que las usaron los santos a su provecho, y son útiles para vencerse y haber más gracia, mayormente en los principios; pero a quien tiene ya más señorío sobre el amor propio, lo que tengo escrito de reducirse a la mediocridad de 1a discreción, tengo por lo mejor, no se apartando de la obediencia, la cual os encomiendo muy encarecidamente, junto con aquella virtud y compendio de todas las otras, que Jesucristo tanto encarece, llamando el pre­cepto della propio suyo: Este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado24. Y no solamente que entre vosotros mantengáis la unión y amor continuo, pero aun le extendáis a todos, y procuréis encender en vuestras ánimas vivos deseos de la salud del prójimo, estimando lo que cada uno vale del precio de la sangre y vida de Jesucristo que costó: porque de una parte aparejando las letras, de otra aumentando la caridad fraterna, os hagáis enteros instrumentos de la divina gracia y cooperadores en esta altísima obra de reducir a Dios, como a supremo fin, sus criaturas.

Y en este comedio que el estudio dura, no os parezca que sois inútiles al prójimo; que, además de aprovecharos a vosotros, como lo requiere la caridad ordenada, apiádate de tu alma, conten­tando a Dios25, le servís a honra y gloria de Dios en muchas maneras.

La primera, con el trabajo presente [y] la intención, con la cual le tomáis y ordenáis todo a su edificación: que los solda­dos, cuando atienden a abastecerse de armas y municiones para la empresa que se espera, no se puede decir que su trabajo no sea en servicio de su príncipe. Y aunque la muerte atajase a alguno antes que comenzase [a] comunicarse al prójimo exteriormente, no por eso dejará de le haber servido en el trabajo de prepararse. Mas, además de la intención de adelante, debría cada día ofrecerse a Dios por los prójimos; que siendo Dios servido de aceptarlo, no menos podría ser instrumento para ayudar al prójimo que las prédicas o confesiones.

[8. Haciéndose virtuosos, condición esencial para el apostolado.}

La 2.a manera es, de haceros muy virtuosos y buenos, porque así seréis idóneos a hacer los prójimos tales cuales sois; porque el modo que quiere Dios se guarde en las generaciones materiales, quiere proporcionalmente en las espirituales. Mués­traos la filosofía y experiencia, que en la generación de un hombre u otro animal, además de las causas generales, como son los cielos, se requiere otra causa o agente inmediato de la misma especie, porque tenga la misma forma que quiere transfundir en otro sujeto, y así se dice que el sol y el hombre engendran al hombre26. De la misma manera, para poner en otros la forma de humildad, paciencia, caridad, etc., quiere Dios que la causa inmediata que él usa como instrumento, como es el predicador o confesor, sea humilde, paciente y caritativo. En manera que, como os decía, aprovechando a vosotros mismos en toda vir­tud, grandemente servís a los prójimos; porque no menos, antes más apto, instrumento para conferirles gracias aparejáis en la vida buena que en la doctrina, bien que lo uno y lo otro requiere el perfecto instrumento.

[9. Dando buen ejemplo.]

El 3.° modo de ayudarles es el buen ejemplo de vida; que en esta parte, como os decía, por la gracia divina el buen olor de ahí se difunde y edifica aun en otras partes fuera de ese reino; y espero en el autor de todo bien que continuará y aumentará sus dones en vosotros, para que cada día, pasando adelante en toda perfección, crezca, sin buscarlo, el olor santo y edificación que de él se sigue.

[10. Fomentando los santos deseos y oraciones.]

El 4.° modo de ayudar a los prójimos, y que mucho se extiende, consiste en los santos deseos y oraciones. Y aunque el estudio no os dé tiempo para usarlas muy largas, puede en deseos recompensarse el tiempo a quien hace oración continua de todos sus ejercicios, tomándolos por sólo servicio de Dios. Pero en esto y todas otras cosas, más de cerca tendréis con quién conferirlas en particular. Y a la causa, aun se pudiera excusar parte de lo escrito; pero, como lo hago tan pocas veces, he querido ésta consolarme con vosotros, escribiendo largo.

[11. Conclusión.]

No otro por ahora, sino que ruego a Dios, nuestro Criador y Redentor, que, como le plugo haceros tanta gracia en llama­ros y daros voluntad eficaz para que quisiésedes enteramente emplearos en su servicio, así le plega continuar en todos y aumentar sus dones, para que constantemente perseveréis y crezcáis en su servicio para mucha honra y gloria suya y ayuda de su Iglesia santa. De Roma.

[Vuestro en el Señor nuestro, Ignacio.]

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1Mt 5,48.

21 Petr 2,9.

31 Col 1,13.

4Prov 13,4.

55 Apoc 2,17.

66 Rom 8,18.

72 Cor 4,17.

8Dan 12,3.

9Ier 48,10.

101 Cor 9,24.

112 Tim 2,5.

12Hebr 1,14.

13Santo Tomás, en el oficio del Santísimo Sacramento ad Laudes.

14Phil 2,21.

1515 Rom 12,1.

16Ps 98,4.

17Lev 2,13.

18Ad fratres de monte Dei 1.1 c.ll n.32 (PL 184,327). Este tratado, que antes se atribuía a San Bernardo, se considera hoy como obra de Guillermo de Saint-Thierry. Cf. la edición moderna crítica de J. M. Déchanet, O.S.B., Guiilaume de Saint-Thierry. Lettri d'or aux Fréres de Mont-Dieu (Paris, Desclée de Brouwer, 1956).

19Eccl 7,17.

20Prov 19,2.

21Ad fratres de monte Dei 1.1 c.ll n.32: SC 126; PL 184,328.

22Eccl 14,5.

231 Sam 15,23.

24Eccl 30,24.

25Eccl 30,24.

26La frase procede de Aristóteles, en Física II c.2: Aristotelis opera, ed. Bekker I (Berlín 1831) p.194,13. La recuerda Dionisio el Cartujano, cf. Opera t.XXXIII (Tournai 1907) p.330B, col.l, De lumine cbristianae theoriae, lib. I, art.30. Más tarde la citará Alfonso el Tostado, In Exodum c.23 q.39 (Venetiis 1615) p.481D.
Se trata del influjo del sol en la generación, por medio del clima y el aire en que se realiza la concepción...

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